A la memoria
de Daniel Sada
Nadie
le habla, quiero decir, nadie habla con él en serio, porque todo el mundo lo
enfrenta con asco y desprecio. La versión familiar resolvió todo para siempre
en una cadena del infortunio: el abandono de la universidad, su regreso al
pueblo y la entrega de su vida al caos que organiza el alcohol. Nadie nunca
habla del accidente ni de la pérdida del ojo: nadie se anima a poner en
palabras cómo se formó el monstruo.
Desde niña aprendí a no verlo de esa
manera. Cuando todavía se ocupaba de hacer el pan, yo iba a buscarlo a la
panadería a la salida de la escuela, él me preguntaba qué es lo que había visto
en clase. Y me decía que no les creyera nada a las monjas, que dudara siempre
de lo que me dijeran y me recomendaba que rebuscara en libros: Allí verás como
todo es mentira, me decía.
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| Cyclops por Odilon Redon |
Sin que yo deje de verlo como un
cíclope entorpecido, soy la única que reconoce en él a un bibliófilo que
aguarda agazapado detrás de la facha de infeliz y de desvariado: un intelectual travestido de desorbitado indigente. No sé cómo, porque yo nunca recuerdo
haberlo visto leer, pero reconozco perfectamente que su tragedia no se completó
con la severidad de su alcoholismo, ni con la mendicidad de sus días. Su
aparente renuncia a la vida parece cifrada en el abandono a leer y posiblemente
a escribir. Yo pienso que fue una renuncia imposible, porque si bien no ha
vuelto a tomar un libro, creo que no ha dejado de leer: su trabajo sigue
estando en recrear mundos ficticios. Quizás beba para hilar de otra forma las
ficciones. A cambio de no poder urdirlas con libros, empuja las lecturas del
pasado con el desvarío etílico. Para todos, su vida es un delirio sin fin, un
manojo de desatinos, porque nadie, desde luego, advierte que él es un ser
colmado por personajes literarios, un punto de concentración de un mundo
fictivo. Es el resultado extremo de una vida recluida en una práctica de
lectura que ya no tiene que ver con pasar la vista por las páginas, sino con
encarnar a toda hora las vidas encerradas en ellas. Nadie logra ver esa espesa teatralidad
que abarrota todos sus diálogos, ni alcanzan a discernir que quien habla es ese
contra-héroe previsto por Barthes: el lector entregado a soportar la
contradicción sin padecer vergüenza.
Nadie puede ver todo eso desde la
plenitud de su par de ojos y su cultivada ceguera cotidiana. De eso estoy
segura.

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