diciembre 04, 2011

El lector invisible



A la memoria de Daniel Sada

Nadie le habla, quiero decir, nadie habla con él en serio, porque todo el mundo lo enfrenta con asco y desprecio. La versión familiar resolvió todo para siempre en una cadena del infortunio: el abandono de la universidad, su regreso al pueblo y la entrega de su vida al caos que organiza el alcohol. Nadie nunca habla del accidente ni de la pérdida del ojo: nadie se anima a poner en palabras cómo se formó el monstruo.

         Desde niña aprendí a no verlo de esa manera. Cuando todavía se ocupaba de hacer el pan, yo iba a buscarlo a la panadería a la salida de la escuela, él me preguntaba qué es lo que había visto en clase. Y me decía que no les creyera nada a las monjas, que dudara siempre de lo que me dijeran y me recomendaba que rebuscara en libros: Allí verás como todo es mentira, me decía.

Cyclops por Odilon Redon
         Sin que yo deje de verlo como un cíclope entorpecido, soy la única que reconoce en él a un bibliófilo que aguarda agazapado detrás de la facha de infeliz y de desvariado: un intelectual travestido de desorbitado indigente. No sé cómo, porque yo nunca recuerdo haberlo visto leer, pero reconozco perfectamente que su tragedia no se completó con la severidad de su alcoholismo, ni con la mendicidad de sus días. Su aparente renuncia a la vida parece cifrada en el abandono a leer y posiblemente a escribir. Yo pienso que fue una renuncia imposible, porque si bien no ha vuelto a tomar un libro, creo que no ha dejado de leer: su trabajo sigue estando en recrear mundos ficticios. Quizás beba para hilar de otra forma las ficciones. A cambio de no poder urdirlas con libros, empuja las lecturas del pasado con el desvarío etílico. Para todos, su vida es un delirio sin fin, un manojo de desatinos, porque nadie, desde luego, advierte que él es un ser colmado por personajes literarios, un punto de concentración de un mundo fictivo. Es el resultado extremo de una vida recluida en una práctica de lectura que ya no tiene que ver con pasar la vista por las páginas, sino con encarnar a toda hora las vidas encerradas en ellas. Nadie logra ver esa espesa teatralidad que abarrota todos sus diálogos, ni alcanzan a discernir que quien habla es ese contra-héroe previsto por Barthes: el lector entregado a soportar la contradicción sin padecer vergüenza.

         Nadie puede ver todo eso desde la plenitud de su par de ojos y su cultivada ceguera cotidiana. De eso estoy segura.

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