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enero 29, 2012

Libros, amores y arañas




Sueño para el invierno
En el invierno viajaremos en un vagón de tren
con asientos azules.
Seremos felices. Habrá un nido de besos
oculto en los rincones.
Cerrarán sus ojos para no ver los gestos
en las últimas sombras,
esos monstruos huidizos, multitudes oscuras
de demonios y lobos.
Y luego en tu mejilla sentirás un rasguño...
un beso muy pequeño como una araña suave
correrá por tu cuello...
Y me dirás: «¡búscala!», reclinando tu cara
—y tardaremos mucho en hallar esa araña,
por demás indiscreta.
Arthur Rimbaud


Angel Zárraga (1907), La bailarina desnuda
Tan luego volvió de dejar a Juan en el colegio, se enfiló a la cocina y se negó a recoger la mesa y fregar los trastos. Se quedó sentada, formando un lento remolino con los restos de frijoles en el plato. Hubiera querido calar de un cigarro y acercarse una edición de El amor en los tiempos del cólera. Pero hacía años que no fumaba y no poseía esa novela entre sus poco libros. Miró por la ventana, deseaba ver un durazno sin hojas en medio de un descampado, pero ni el tanque de gas ni el tendedero vencieron el trance. Como pudo, recordó por su cuenta la historia de Fermina Daza y Florentino Ariza. 
Como es inevitable cuando la vida y la lectura se cruzan, Silvana no necesitó cerrar los ojos para armarse de anhelos y confiar en que podría quedarse en esa silla a esperar el día en que pudiera emprender el viaje fluvial que le devolvería los años y los besos que perdió cuando decidió volver a esa casa. 
Es más que sabido que las historias de amores truncos, de besos que no se dan, declinan invariablemente en amores platónicos, de eso en los que los amantes adquieren cualidades superiores, sustraídos de escenarios en donde aparece lo cotidiano helando las mañanas y sofocando las tardes. Pero nada de eso interesaba a Silvana. Ella sólo deseaba releer esas cartas que dejó expósitas, baldadas de destinataria, que no pudo responder. Y  sufrió la ausencia de las letras que ya no están. Se conformó con escuchar a Mecano con toda la distorsión que dejaba el encuentro de una copia pirata y un modestísimo par de bocinas de procedencia surasiática. 
Esa mañana pudo llorar y pudo salir a un encuentro, pero se atuvo a los cabos tejidos por García Márquez y mejor se quedó aterida, en el pleno domino de una postración que sólo para ella y para Fermina Daza podría asegurar un atisbo de esperanza. 
Así se dejó, abandonada al reposo, dueña de su silla, hasta que al fin pudo mirar el reloj, a penas a tiempo para salir de prisa y volver por el chico al colegio, a hacer ese recorrido diario, ese espacio en el que tendría que dejar para después el arte de confundir los besos con el andar de las arañas.  

enero 20, 2012

El camino de la lectura


Woman on the road with her luggage, Baudot Christoph

Me he ido. Sé que debí decírtelo en persona, pero estoy segura que esta nota no será un agravio. La palabra escrita siempre ha estado entre nosotros como los durmientes a los rieles. Si las letras nos han unido en esta vida, sean las letras un buen finiquito para  nuestros días. Trataré que sea una nota contrastante con mi propia vida: sutil y apacible. Enumerar las razones concretas para marcharme sería un despropósito que no voy a honrar, menos tratándose de ti, para quien lo concreto carece de valor. Me limitaré a dejar esta parrafada para que puedas conservarla como un último gesto caligráfico que encierre en el reposo de la tinta el amor que te tengo.


            Me debato entre pensar que leerás esté papelito con todas las dificultades que deja el temblor en las manos o con la seguridad de alcanzar un día que estuvo siempre acechando. En ambos casos, sé que está descartado el caso de las lágrimas escurriendo por las mejillas, porque te conozco tan bien como tú a mí, no en balde me has hecho a tu imagen y semejanza, como un dios poderoso y perverso que reproduce sus deformidades con la cultivada acuciosidad con la que se fragua una gárgola.

            Me gustaría marcharme en un Cadillac 1945, pero ya sabes que soy torpe para conducir y tan desconfiada para dejarme llevar por otros. Sobra decirlo: voy a cumplir con el destino que diseñaste para mí. La única opción que había está despejada. Era quedarme a leer tu biblioteca entera o marcharme en el exacto rumbo que está definido en el curso de la novela que has escrito encima de mí propia vida. Acaso allí esté mi único reproche: que tú hayas siempre vivido conforme al verso de Rimbaud, según el cual tu vida es una ópera fabulosa, y que a mí me hayas confinado a un género como la novela.

            Sé que te sería fácil ir tras de mí y encontrarme. Te lo repito, no soy sólo tu hija, soy tu obra, la pieza preciada en la que no has enmendado tus faltas ni has adosado tus limitaciones. Pese a ello creo que no carezco de tus miedos ni me sobran tus certezas. No sé a donde tengo que ir, sólo que debo irme, porque estoy contagiada de las ganas de transitar, de seguir las intermitencias y las continuidades de la línea que demarca los carriles carreteros. Pusiste tantos libros a mi paso y yo entendí que todos ellos están hechos de la misma sustancia, ese poderoso elemento que sólo sirve para transportase y dejarse llevar, el libro como la balsa que una vez desatada va a surcar aguas unas veces mansas y otras veces furibundas. Es como si todos mis recuerdos se coronaran en la visión clara de que debo andar caminos para hallar nuevas narrativas. Y es fácil explicar ese impulso por la travesía trasladando la responsabilidad a ti, dejándome creer que has hecho todo esto para hacerme viajar, ya no sólo de manera literaria sino experiencial, pues me asumo como un texto que debe continuarse a pliegos que ya no caben en este estante.

            Confío en que volverás a encontrarme. Voy a escribir toda la experiencia interior que suscite este viaje interminable. Si tengo la suerte de Sal Paradise, el rollo se publicará y allí volverás a verme: en la justa cúspide de la solapa de ese ejemplar que reproduzca el libro que vas a escribir de mi puño y letra.

            Te ama

            Inés

diciembre 19, 2011

Yo no me metí en eso


Yo terminé la primaria por allá del cincuenta y tres. Ya no hice más estudios. Cuando yo salí del pueblo, a la edad de quince años, trabajé en albañilería; hasta que ingresé a trabajar a una editorial, Editorial El Volador, se llamaba. Entré como cargador; luego, obrero común, ayudante de almacén, así, hasta un día me consideraron y por eso estuve como encargado del almacén. Me aprendí todos los títulos de las tarjetas, que eran como dos mil. Aprendí a manejar la máquina de escribir, empecé a tomar lectura, a escribir mejor, a redactar una tarjeta, un memorando, eso, cosas sencillas.
         Para ese tiempo una secretaria me dijo:
         —¿No se molesta, don Pascual, si lo corrijo?
         —No, claro que agradezco que alguien se vaya a preocupar por mí.
         —Es que usted pronuncia ‘medecina’ y no es ‘medecina’, es ‘medicina’, un derivado de médico.
         Y yo le dije que decía ‘medecina’ porque yo soy de la raza ñañhú y se me dificulta el español.  Entonces, ella me dijo “lea un libro, lea esto”, y yo le dije ‘voy a ver si puedo’, Y luego empecé a leer. Tenía amigos psicólogos que me decían ‘lea este libro’ y empecé a leer de psicología y me di cuenta que podía autoanalizarme, que yo soy el culpable de estar en donde estoy. Y le entré más a la lectura, porque me di cuenta que eso me desarrollaba más, ya tenía más capacidad para defenderme y esa razón fue la que me metió a la lectura.
Nacho López, Campesino leyendo un periódico, 1949 
         En la editorial se hacían miles de libros. Y eso me enseñó a ver la lectura. Yo escuchaba como hablaban los compañeros que trabajan en la oficina, que viajaban, y yo iba a tras de su nivel, por eso me interesó a leer. Aprendí a escuchar y enterarme más en la lectura, allí había muchos libros. Alcancé a rescatar unos libros, cuando al final me interesé en leer. Leí la historia universal en dieciocho tomos, leí los dieciocho tomos, por eso me doy cuenta que la política está fallando en México, me doy cuenta que es una burla lo que están haciendo. Ahora estoy leyendo México mutilado, y acabo de leer Ángeles y demonios, El código da Vinci, que van compaginados; también he leído de Coelho, he leído dos o tres libros. A mí me gusta mucho leer de psicología y filosofía, me gustan mucho. Y ahorita ando metido en política, porque tengo un grupo de jubilados, soy el presidente, para apoyos.
         Ya no leo tanto, porque ya me canso, tengo la cosa que de repente me quedo dormido, ahora lo que hago para ver a dónde voy es que voy palomeando la página para ver a dónde voy leyendo. La lectura no me ha dejado que yo pueda escribir mejor, pero sí escribir con ortografía mejor posible; saberme expresar, saber dialogar, no meter palabras erróneas, que todavía salen, porque es imposible de corregir un defecto que viene de marginación, porque de joven viví marginado: “confórmate con esto, ya no busques más”, me decían en el pueblo. Mi madre no tenía la capacidad de superarse, no la tuvo, ella fue analfabeta y conformista. En mi casa no hubo libros, pero yo fui a estudiar porque yo quise. La lectura me ayudó a salir, y desde que ya pude desarrollarme y no ser como veo a las personas del pueblo que se quedaron, estaría igual que ellos, peor que ellos.
         Mi padre nos abandonó, yo me fui a trabajar a México, yo no fui drogadicto ni alcohólico, ni ratero, que todo eso yo lo conocí, conocí de la vida de la farándula, de prostitutas, eso a los quince o dieciséis años, a ser mantenido de las prostitutas, y no fui eso, y lo logré, quitar de mi vida eso. 

noviembre 05, 2011

Uróboros


Yo nunca imaginé ser madre. A lo mejor como una imagen vaga, al modo de una foto mal enfocada, nunca como en un filme. De allí el sobresalto, cuando nacieron las gemelas.
Fue un matrimonio atípico, una familia en dos casas. Quizás por eso no pueda decir que Rafael se fue o que nos separáramos. Sólo él dejó de estar aquí y yo dejé de estar allá. Las gemelas van y vienen. Cuando no están, el apartamento mantiene el mismo rumor, el estrépito que acompaña a todos los hogares en donde moran niños.

Antes de que las gemelas impregnaran de sonidos el apartamento, yo trabajaba casi todo el día. Regresaba a casa al comienzar la noche. Cuidaba de entrar siempre con los audífonos puestos para que la música matizara el vacío del apartamento. Antes que nada, buscaba mi pijama y alistaba la ropa para el día siguiente. Me reparaba con recatados sangüiches y dosis impúdicas de cocacola. Hacia las once o doce de la noche dejaba de trabajar en las resoluciones que completaba en casa. Si estaba animada me ponía a leer la novela en turno, textos sencillos, las complejidades las dejaba para vacaciones. Si me sentía triste me buscaba algo especial, invariablemente me daba a recordar. Casi siempre pensaba en mi paso trunco por la Facultad de Letras. A veces esos recuerdos me llevaban a hacer relecturas. Así es como di con un papelito entre páginas de Noticias del imperio. Una nota que profería un cumplido opaco a un tipo no muy guapo, no muy feo. A mí me interesaba de sobremanera, no por su forma de perorar sobre los poetas malditos, sino por la persistencia en la inteligencia como una tarea que debe acometerse en todo acto vital. Sobra decir que el papelito nunca llegó a su destino, pero esa noche apareció ante mí como una revelación de todo lo que voy evitando. Es como si la Carlota de Fernando del Paso me alertara desde su visión aguda y enloquecida de un futuro hostil que me asechaba. Si tuviera un papelito de todo aquello que he pospuesto, sin duda, completaría un legajo enorme, comparable sólo a los pesados expedientes del trabajo. Mi razón estaba en el éxito profesional, por eso nunca pude irme a vivir allá, con Rafael, porque tenía que quedarme a triunfar. Aquella noche me puse a leer los monólogos de Carlota uno tras otro, saltando los capítulos en los que no aparece su voz espectral. Comprendí que vivía recluida para contarme las versiones desvariadas de mi propia vida. Una vez que me hastié de esa sensación de engullirme mi propia cola, tomé el teléfono, calculé que sería imposible que conservara el mismo número telefónico, y llamé a ese lejano Rafael. Sólo tras escuchar una voz amodorrada comprendí que era un despropósito llamar a media madrugada. Sólo quería saludarte, alcancé a decir, y colgué sin dejar que Rafael terminara de entender la embestida de su sueño. Él me devolvió la llamada al medio día siguiente. Quedamos de vernos para dos días después en un café cercano a mi oficina. Lo encontré más encantador que nunca. Nos enfrascamos en una charla amoratada. Siempre he pensado que el morado, el violeta y el lila son colores que reflectan las partes auténticas de la vida. Nos vimos un par de veces más antes de recomenzar algo como un romance. Él se pasaba por mi casa casi todas las tardes de los martes y los jueves, cuando no tenía que volver a la editorial. Hacía uso de la copia de la llave que le confié y me esperaba a que volviera del trabajo. No me ilusionaba tanto verlo, ni encontrar menos vacío el departamento, pero me conmovían sus gestos corteses y sus charlas dispersas y profundas. Teníamos sexo a discreción. Él estaba tan solo como yo, pero nunca hicimos nada para llevar a más la relación. Él nunca dormía en mi apartamento, y yo nunca fui a su casa. Las gemelas cambiaron todo.

La única diferencia clara entre los días de presencia y ausencia de las gemelas está en que podría trabajar en casa sin necesidad de esperar a que se durmieran. Aunque, en realidad, ya nunca trabajo en casa. Aprovecho el sueño de las gemelas o su estancia al lado de Rafael para leer y me dejo habitar por seres ajenos que vuelvo próximos. En cuanto vuelven las gemelas busco no verlas como dos niñas preescolares y las trato como seres literarios desorbitados en potencia, a la manera de criaturas textuales de Guadalupe Nettel que han cobrado en algún sentido vida. Les leo mucho, con el esmero de escapar de lo que clasifican como cuentos infantiles. Tengo que prepararlas para vivir en las realidades múltiples paralelas que confluyen en el apartamento. Mi rendimiento profesional está en la media, mi candidatura a la judicatura, arruinada. A veces me frustro, pero la risa de las gemelas y de Carlota me devuelve la calma o la resignación. Mi terapeuta está feliz porque piensa que las gemelas han venido a romper con mi encierro en los libros y mi obsesión por mi promoción en los tribunales. A veces creo que la terapeuta es una desviada que cree que la literatura es una anomia completa. Y yo estoy feliz de mirar crecer a las gemelas, como un par de personajes de Inés Arredondo.

octubre 31, 2011

Planes literarios


No supe qué decir. De pronto me vino con todo ese rollo que, además de hacerme un monstruo egoísta, me quitó mi única certeza: la de saber lo que no quiero ser. Yo le dije que no, que no era algo personal, pero que eso no iba con mi condición actual, que estaba en un periodo de profunda expansión y que todo eso me iba muy mal por ahora, que se arruinaría mi trayecto. Muy ansiosa, me devolvió: Podrías hacerme el favor de decirme en cristiano qué es todo eso, en dónde está ese trayecto. Yo sólo alcancé a decirle que yo soy mis libros, mis lecturas, definitivamente. Y creo que fue esa palabra, “definitivamente”, la que más la irritó. Apenas me lo dijo, con odio de telenovela: pues entonces quédate con tus pinches libros. Se fue, y para no desentonar con el chiche: azotó la puerta. Sí, creo que por eso azotó la puerta, definitivamente.

Hasta ahora, pasados escasos cuarenta y cinco minutos del azote de puerta, lo único que saco en claro es que sí, a lo mejor esta vida de repente es terrible. O a lo mejor no. Ya ni sé. Yo nunca lo había visto así, pero me lo dijeron claramente sus ojos tras escuchar “definitivamente”. Por algo García Márquez odia formar adverbios con el sufijo “mente”.

Nunca lo había pensado, es hasta hoy que veo esta casa no es casa, sino un cuarto con una mesa, una cama y una parrilla. Nada más le falta estar en una azotea. Pero, ahora que lo veo, ya no puedo decir que vivo en una casa. Sé que es un extremo, pero a mí siempre me ha gustado llamar a las cosas por su nombre. No en balde me la he pasado desde la secundaria leyendo palabras comunes en el diccionario, para estar seguro de qué es lo leo y qué es lo que digo.

La verdad fue un abuso enorme azotarme la puerta. Aquí me tengo pensando que a mis treinta y pocos años mi vida se empieza a parecer a la de Bukowski, y que a lo mejor yo no quiero vivir eso. Pero yo estaba seguro de que esto era lo mío, lo supe desde que leí, cuando iba a la prepa, precisamente una novelita de Bukowski, no me acuerdo cómo se llama, era una edición carísima de Anagrama, que rompe el ritmo con sus españolismos del traductor. Qué fastidio tener esta idea de que ya no es tan conveniente esta vida. A lo mejor se pasa y se me quitan las ganas de ordenar este mugrerío. No me vaya a tomar en serio esto y hasta me den ganas de volverme con mi mamá. Eso fue una broma.

Elisa es siempre así. A mí, la verdad, me gusta mucho, adoro estar con ella, quiero decir, en todos sentidos, hasta en el sentido de estar nada más con ella en el asiento de junto en el microbús. Pero eso de venirse a vivir para acá o, peor, de yo irme para allá. Yo incluso me puedo ver con ella en diez o quince años en el asiento de junto del microbús, pero no más. Y si sólo le dije que no me latía esa onda, no sé por qué se mal viajó tanto, sí ya me conoce. No le voy a perdonar que me llame niño libresco, porque esa expresión parece sacada de un texto de pedagogía, y no se vale que con tantas lecturas se apropie de un discurso tan mamón, tan libresco, sí, mira, ya lo dije, pero sí es contagioso. Quiero decir, una expresión tan acartonada. Mejor me hubiera maltratado con algo de Parménides García Saldaña o de perdida con una chacotería de Arreola o un sinsentido de Ulises Lima o de Mario Santiago Papasquiaro, que creo es lo mismo. Por eso es que me armé de valor, de la poca memoria que conservo y alcance a decirle: “El Amor no es una ecuación mental,/ el Odio sí que raspa las rodillas/ enmudece labios / encanece niños”. Pero no apreció el gesto, el esfuerzo. Y buscó como herirme. Y lo peor: me hizo pensar en mí. En este cuarto. No tengo salida. Ya mañana la busco. Le exijo que me pida perdón y me no la dejo que se quede aquí, porque tengo que leer a Kerouac, para ubicarme, eso voy a decirle. Y claro que no voy a ordenar este cuarto, me voy a meter a releer La región más transparente, voy a encasillar a Elisa en uno de esos personajes burgueses, acartonados. Y así la voy a soñar toda la noche. Sí eso voy a hacer. Creo que ya estoy recuperando mi seguridad, ya veo este cuarto como una habitación insuperable. Ya después le llamaré, me ablandaré un poco, para que se deje de cosas y le aclaro que, eso sí, que no vuelva a reducirme a un guión de telenovela, ni que hable como pedagoga, y que nunca, nunca vuelva a decirle pinche a mis libros.

octubre 24, 2011

Terapia


Estaba más taciturna que de costumbre. Era la postal perfecta para la música azulada que sonaba entonces. Casi no sorbía de la taza de café. Se limitaba a pasar con reiteración su vista sobre las mismas páginas del tomo de Delante de la luz cantan los pájaros. Apenas alzó la vista para reconocerme. No me dijo, de ninguna manera, que me sentara. Y me senté frente a ella, en el extremo opuesto de la cuadrada mesa. Dejé mi mochila en la silla de mi derecha, para consumar la simetría que hacía el morral desbordado del asiento de su derecha. Me pedí un expreso y me le quedé mirando. No para forzar que dejara de leer o que leyera en voz alta. La mesera dejó la minúscula taza muy cerca de mi mano izquierda, y se marchó silente. Tan luego olió el expreso, sin alzar la cara, levantó la vista, enfocó con deliberación mi cara y me dijo: Di siempre la verdad, aunque ello importe tu propia destrucción, y me dio el obeso volumen. Comencé a leer en voz alta. Al segundo poema, puso una media risa y en sus ojos leí que por dentro se estaba cagando de la risa.

Detuve la lectura. Busqué en varias páginas algo que interrumpiera su gozo interno. Mientras desbarraba entre la multitud de páginas, sin dejar de reírse por dentro, me preguntó: ¿A que no sabes por qué me urgía que vinieras? Contesté con una sola y típica alzada de hombros. Anda, adivina, y al fin se mostró impaciente. ¿Será que no tienes para pagar la cuenta?, y ahora el que se carcajeó por dentro fui yo. Ella puso una risa completa: Es fácil, mi terapista sugirió que debo estar cerca de aquello que simbolice mi dolor, que así me curaré de la culpa, y, tú sabes, a mí no me gusta andar suspirándole a retratos tamaño infantil, ni a fotos de festejos de cumpleaños, menos a hojas de plantas secadas entre páginas. Yo sé —le devolví— que a veces es necesario sufrir, sufrir de verdad, pero pensé que para sufrir te bastaban los libros. Con un brillo ocular excesivo me devolvió, sin suspirar: Además de ser el ícono ideal de mis penas, me conoces bien; tú sabes que a mí no me gusta hablar en endecasílabos, si no, te diría: en perseguirme mundo, qué interesas, pero tú ya eres un compendio viviente del barroco, y no quiero abusar, así que, mejor, me limitaré a pedirte que me prestes un libro. Aterrado, entre la broma y la sinceridad, le contesté: Si quieres me mudo a vivir contigo, pero ya no dilapides mi biblioteca, ¿qué necesitas?
—Sufrir, que estés cerca, que me leas a Marco Antonio Montes de Oca y que me prestes Concierto barroco —me contestó con suma calma—.

Me calé los anteojos, le prometí que mañana tendría la célebre edición de Siglo XXI que contiene la novela de Carpentier, me tomé el expreso y me seguí leyendo a Marco Antonio Montes de Oca sin parar, al menos por unos quince minutos. Aunque ella conservó la misma media sonrisa, como en un retrato renacentista, yo escuchaba su llanto interior, el compás entre algunos versos y sus suspiros. Puedo seguir hasta terminar el libro, volverme un lector de arena, pensé, pero ella me detuvo: Anda, ya paga la cuenta. Y se marchó sin despedirse y sin llevarse Delante de la luz cantan los pájaros.

octubre 17, 2011

Mariana


Estaba metida en una enésima crisis. Prendió un cigarro sin saber qué hacía. Contra todo sistema de preservación del estilo, tosió inclementemente. Tuvo que completar el fracaso y apagó el cigarro nuevecito. Tenía ganas de aventar objetos, pesados objetos, contusos objetos. Y tenía ganas de atinarle. Pero mejor se sentó en el mullido sillón. Abrazó un tomo enorme de Los conventos del estado Morelos y se quedó mirando el techo amarillento de su recamara.

Dejó el volumen inmenso y se hizo de una decimotercera edición de Las batallas en el desierto. Se imaginó como una Mariana bella, perversa y con voz de Ella Fitzgerald. Nada parecida a Elizabeth Aguilar. Le dieron ganas de ver Annie Hall. Sintonizó Horizonte FM y volvió a la narración de JEP. Trazó paralelas entre la vida neoyorkina de los setenta con la vida en la ciudad de México en los años cuarenta. No podía leer. Tenderly sonaba en la radio. I can't forget how two hearts met breathlessly, repitió con torpeza y se quedó muda, sin leer, pero con el libro en ristre. Sintió el cansancio de un día de demonios y se fue a dormir.

Se levantó temprano, cumplió la liturgia de preparar el café y salir de prisa. No se bañó ni recogió la cocina. Se acicaló un poco en el taxi. Al llegar a la oficina se sorprendió de que sus compañeros aún se sorprendieran de ver su facha de bruja abatida. Cumplió como siempre, con displicencia y perfección, los deberes del trabajo. Sabía que tenía que llamarlo. Debía lanzar reproches, imprecar sin discreción, dejar bien clarito su coraje y regresar a casa para dejar pasar el fin de semana y por allí del lunes o martes perdonarlo. Prefirió no llamar, no contestar, desaparecer.

Contra toda costumbre, se bañó y enchuló todo lo que le alcanzó su precario guardarropa. Apenas pudo hallar unos pomos vetustos con algo de maquillaje, mismo que se untó sin recato ni sentido del gusto. Marchó a un barcito del centro. Llegó sola, se acodó en la barra. No se atrevió a fumar. Bebió vodka con jugo de arándanos. No pasaron ni quince minutos cuando apareció un tipo cuarentón, precipitadamente encanecido, con facha de arruinado y aires risibles de conquistador. El traje lustroso conjugaba con la arrugada camisa a rayas azules. Se extrañó que no llevara un pañuelo colorado y brillante asomando al bolsillo del saco. Pensó que era un claro caso de un hombre que deja a la mujer y a los hijos para ser, a su vez, abandonado por una joven aterrada de lidiar de tiempo completo con canas prematuras. Sabía que todo era en sí mismo un despropósito. Sólo pensaba que estaba cansada de ser un personaje apenas insinuado: no quería ser más la esposa del amante de Mariana. Ella sabía lo pírrico que era tomarse por venganza al cuarentón. Sabía que Mariana nunca se permitiría nada con el cuarentón. Pero no tenía otra opción. Aceptó el cigarro. Cuidó de no calar a fondo. Me llamo Mariana, dijo melódicamente —bluseando en su interior—, y se rió todo cuanto pudo aquella noche en el azulado bar.

septiembre 18, 2011

Elena o el paraíso perdido



Elena vive para colmarse de sentido. Sobrevive del ejercicio de la psicología, la caligrafía, la corrección de textos periodísticos y la lectura. Los funcionarios del INEGI no la conocen, pero después de contarla entre el fastidioso grupo de quienes pasan penurias económicas como parte de su vida cotidiana, tendrían que reconocer que en su catálogo de ocupaciones no está la de lector. Elena tendría que explicar qué es eso de ejercer de lectora de tiempo completo. Tendría que decir que no está entre los que leen en sus ratos libres, sino que come, duerme, estudia o trabaja en los tiempos muertos que le quedan entre leer y leer. Si Ricardo Piglia la conociera se sentiría feliz de hallar un lector puro de carne y hueso: el lector adicto, el que no puede dejar de leer, el lector insomne, el que está siempre despierto.

Recabar la biografía de Elena es una tarea que fuerza a trazar una paralela con su trayectoria lectora. Sin que pueda comprobarse, podría decirse que algo debe vincular a Respuesta a Sor Filotea con aquella vez que se tusó el cabello. O que algunas de sus expresiones lindan con algún personaje de Trópico de Capricornio. En el extremo, podría sugerirse que en realidad no sanó del cáncer y que es un personaje de ficción. Sin embargo, si se le mira mientras caligrafía e ilumina un poema con el estilo y los recursos del medioevo, se da uno cuenta enseguida de que está llena de vida.

Antes de ingresar a la escuela, Elena aprendió a leer en casa, con el sólo propósito —promovido por la madre— de poder leer el catecismo y acercarla cuanto antes al camino de la salvación. Fue el mismo método que se empleó con el niño Ramón López Velarde, con resultados igualmente similares: biografías cultivadas para vivir en los cánones del conservadurismo provinciano que, triunfo de la paradoja, cosecharon almas para cantar la libertad y vivir en el desasosiego, al margen ufano de las convenciones.

Como hubo de ocurrirle a Rosario Castellanos, una vez que miró en el espejo y no hallo a nadie, Elena se dio cuenta de que leer sirve para poder nombrar al mundo. No sabía cómo decir a los otros lo que sentía, y ante tal incapacidad, encontró que la lectura era una fuente para encontrar las palabras para nombrar lo que sucedía en su interior. Al leer, supo que sus experiencias y sus emociones tenían nombre; que no sólo le pasaban a ella; que, entonces, ella no era tan especial ni tan específica, y pudo así tender un puente entre Elena y el exterior. Ese puente, en contra de los que preconizan que la lectura es siempre gustosa y placentera, es tantas veces doloroso, pues huelga decir cuán conflictivo puede ser asumir el riesgo de enfrentar deliberadamente el mundo interior y el mundo exterior.

Leo porque no me queda de otra, me dijo Elena una mañana en el apartamento que alquilaba en el que antes fue el barrio de putas de la ciudad. Sobrecargada de sentido, no para de leer, con una mezcla de gozo y de angustia que no es posible discernir. Una mixtura que debe dar miedo a los promotores ligeros de la lectura, y que sigue, sin duda, aterrando a su católica familia.