
Elena vive para colmarse de sentido. Sobrevive del ejercicio de la psicología, la caligrafía, la corrección de textos periodísticos y la lectura. Los funcionarios del INEGI no la conocen, pero después de contarla entre el fastidioso grupo de quienes pasan penurias económicas como parte de su vida cotidiana, tendrían que reconocer que en su catálogo de ocupaciones no está la de lector. Elena tendría que explicar qué es eso de ejercer de lectora de tiempo completo. Tendría que decir que no está entre los que leen en sus ratos libres, sino que come, duerme, estudia o trabaja en los tiempos muertos que le quedan entre leer y leer. Si Ricardo Piglia la conociera se sentiría feliz de hallar un lector puro de carne y hueso: el lector adicto, el que no puede dejar de leer, el lector insomne, el que está siempre despierto.
Recabar la biografía de Elena es una tarea que fuerza a trazar una paralela con su trayectoria lectora. Sin que pueda comprobarse, podría decirse que algo debe vincular a Respuesta a Sor Filotea con aquella vez que se tusó el cabello. O que algunas de sus expresiones lindan con algún personaje de Trópico de Capricornio. En el extremo, podría sugerirse que en realidad no sanó del cáncer y que es un personaje de ficción. Sin embargo, si se le mira mientras caligrafía e ilumina un poema con el estilo y los recursos del medioevo, se da uno cuenta enseguida de que está llena de vida.
Antes de ingresar a la escuela, Elena aprendió a leer en casa, con el sólo propósito —promovido por la madre— de poder leer el catecismo y acercarla cuanto antes al camino de la salvación. Fue el mismo método que se empleó con el niño Ramón López Velarde, con resultados igualmente similares: biografías cultivadas para vivir en los cánones del conservadurismo provinciano que, triunfo de la paradoja, cosecharon almas para cantar la libertad y vivir en el desasosiego, al margen ufano de las convenciones.
Como hubo de ocurrirle a Rosario Castellanos, una vez que miró en el espejo y no hallo a nadie, Elena se dio cuenta de que leer sirve para poder nombrar al mundo. No sabía cómo decir a los otros lo que sentía, y ante tal incapacidad, encontró que la lectura era una fuente para encontrar las palabras para nombrar lo que sucedía en su interior. Al leer, supo que sus experiencias y sus emociones tenían nombre; que no sólo le pasaban a ella; que, entonces, ella no era tan especial ni tan específica, y pudo así tender un puente entre Elena y el exterior. Ese puente, en contra de los que preconizan que la lectura es siempre gustosa y placentera, es tantas veces doloroso, pues huelga decir cuán conflictivo puede ser asumir el riesgo de enfrentar deliberadamente el mundo interior y el mundo exterior.
Leo porque no me queda de otra, me dijo Elena una mañana en el apartamento que alquilaba en el que antes fue el barrio de putas de la ciudad. Sobrecargada de sentido, no para de leer, con una mezcla de gozo y de angustia que no es posible discernir. Una mixtura que debe dar miedo a los promotores ligeros de la lectura, y que sigue, sin duda, aterrando a su católica familia.
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