octubre 24, 2011

Terapia


Estaba más taciturna que de costumbre. Era la postal perfecta para la música azulada que sonaba entonces. Casi no sorbía de la taza de café. Se limitaba a pasar con reiteración su vista sobre las mismas páginas del tomo de Delante de la luz cantan los pájaros. Apenas alzó la vista para reconocerme. No me dijo, de ninguna manera, que me sentara. Y me senté frente a ella, en el extremo opuesto de la cuadrada mesa. Dejé mi mochila en la silla de mi derecha, para consumar la simetría que hacía el morral desbordado del asiento de su derecha. Me pedí un expreso y me le quedé mirando. No para forzar que dejara de leer o que leyera en voz alta. La mesera dejó la minúscula taza muy cerca de mi mano izquierda, y se marchó silente. Tan luego olió el expreso, sin alzar la cara, levantó la vista, enfocó con deliberación mi cara y me dijo: Di siempre la verdad, aunque ello importe tu propia destrucción, y me dio el obeso volumen. Comencé a leer en voz alta. Al segundo poema, puso una media risa y en sus ojos leí que por dentro se estaba cagando de la risa.

Detuve la lectura. Busqué en varias páginas algo que interrumpiera su gozo interno. Mientras desbarraba entre la multitud de páginas, sin dejar de reírse por dentro, me preguntó: ¿A que no sabes por qué me urgía que vinieras? Contesté con una sola y típica alzada de hombros. Anda, adivina, y al fin se mostró impaciente. ¿Será que no tienes para pagar la cuenta?, y ahora el que se carcajeó por dentro fui yo. Ella puso una risa completa: Es fácil, mi terapista sugirió que debo estar cerca de aquello que simbolice mi dolor, que así me curaré de la culpa, y, tú sabes, a mí no me gusta andar suspirándole a retratos tamaño infantil, ni a fotos de festejos de cumpleaños, menos a hojas de plantas secadas entre páginas. Yo sé —le devolví— que a veces es necesario sufrir, sufrir de verdad, pero pensé que para sufrir te bastaban los libros. Con un brillo ocular excesivo me devolvió, sin suspirar: Además de ser el ícono ideal de mis penas, me conoces bien; tú sabes que a mí no me gusta hablar en endecasílabos, si no, te diría: en perseguirme mundo, qué interesas, pero tú ya eres un compendio viviente del barroco, y no quiero abusar, así que, mejor, me limitaré a pedirte que me prestes un libro. Aterrado, entre la broma y la sinceridad, le contesté: Si quieres me mudo a vivir contigo, pero ya no dilapides mi biblioteca, ¿qué necesitas?
—Sufrir, que estés cerca, que me leas a Marco Antonio Montes de Oca y que me prestes Concierto barroco —me contestó con suma calma—.

Me calé los anteojos, le prometí que mañana tendría la célebre edición de Siglo XXI que contiene la novela de Carpentier, me tomé el expreso y me seguí leyendo a Marco Antonio Montes de Oca sin parar, al menos por unos quince minutos. Aunque ella conservó la misma media sonrisa, como en un retrato renacentista, yo escuchaba su llanto interior, el compás entre algunos versos y sus suspiros. Puedo seguir hasta terminar el libro, volverme un lector de arena, pensé, pero ella me detuvo: Anda, ya paga la cuenta. Y se marchó sin despedirse y sin llevarse Delante de la luz cantan los pájaros.

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