
Estaba metida en una enésima crisis. Prendió un cigarro sin saber qué hacía. Contra todo sistema de preservación del estilo, tosió inclementemente. Tuvo que completar el fracaso y apagó el cigarro nuevecito. Tenía ganas de aventar objetos, pesados objetos, contusos objetos. Y tenía ganas de atinarle. Pero mejor se sentó en el mullido sillón. Abrazó un tomo enorme de Los conventos del estado Morelos y se quedó mirando el techo amarillento de su recamara.
Dejó el volumen inmenso y se hizo de una decimotercera edición de Las batallas en el desierto. Se imaginó como una Mariana bella, perversa y con voz de Ella Fitzgerald. Nada parecida a Elizabeth Aguilar. Le dieron ganas de ver Annie Hall. Sintonizó Horizonte FM y volvió a la narración de JEP. Trazó paralelas entre la vida neoyorkina de los setenta con la vida en la ciudad de México en los años cuarenta. No podía leer. Tenderly sonaba en la radio. I can't forget how two hearts met breathlessly, repitió con torpeza y se quedó muda, sin leer, pero con el libro en ristre. Sintió el cansancio de un día de demonios y se fue a dormir.
Se levantó temprano, cumplió la liturgia de preparar el café y salir de prisa. No se bañó ni recogió la cocina. Se acicaló un poco en el taxi. Al llegar a la oficina se sorprendió de que sus compañeros aún se sorprendieran de ver su facha de bruja abatida. Cumplió como siempre, con displicencia y perfección, los deberes del trabajo. Sabía que tenía que llamarlo. Debía lanzar reproches, imprecar sin discreción, dejar bien clarito su coraje y regresar a casa para dejar pasar el fin de semana y por allí del lunes o martes perdonarlo. Prefirió no llamar, no contestar, desaparecer.
Contra toda costumbre, se bañó y enchuló todo lo que le alcanzó su precario guardarropa. Apenas pudo hallar unos pomos vetustos con algo de maquillaje, mismo que se untó sin recato ni sentido del gusto. Marchó a un barcito del centro. Llegó sola, se acodó en la barra. No se atrevió a fumar. Bebió vodka con jugo de arándanos. No pasaron ni quince minutos cuando apareció un tipo cuarentón, precipitadamente encanecido, con facha de arruinado y aires risibles de conquistador. El traje lustroso conjugaba con la arrugada camisa a rayas azules. Se extrañó que no llevara un pañuelo colorado y brillante asomando al bolsillo del saco. Pensó que era un claro caso de un hombre que deja a la mujer y a los hijos para ser, a su vez, abandonado por una joven aterrada de lidiar de tiempo completo con canas prematuras. Sabía que todo era en sí mismo un despropósito. Sólo pensaba que estaba cansada de ser un personaje apenas insinuado: no quería ser más la esposa del amante de Mariana. Ella sabía lo pírrico que era tomarse por venganza al cuarentón. Sabía que Mariana nunca se permitiría nada con el cuarentón. Pero no tenía otra opción. Aceptó el cigarro. Cuidó de no calar a fondo. Me llamo Mariana, dijo melódicamente —bluseando en su interior—, y se rió todo cuanto pudo aquella noche en el azulado bar.
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