
Tan pronto termina de cenar, Ana enciende un cigarro que fuma con displicencia. Se queda un momento mirando al gabinete de los trastos. Luego se saca las zapatillas y toma de su bolso una edición de formato pequeño de La hora y la oportunidad de Augusto de Matraga. Va dejando las cenizas en el plato, pues no tiene energías para ir por el cenicero. Ha tenido que revisar no sé cuántos informes. La madre entra a la cocina y le dice que se deje de lecturas, que ya se le nota agotada, que mejor se meta a la cama y que se dé a dormir, que ella se hará cargo de recoger los trastos. Ana tiene ganas de decir que ya no es una niña, pero como tampoco tiene ánimos de asear la cocina, contesta que está bien, que ya se va a dormir. Le da un beso en la mejilla a la madre, se vuelve a calzar, toma el libro y se va a su cuarto. Se zafa la ropa, se pone un camisón, deja la habitación con la sola luz de la lámpara del buró y se mete a la cama. Sigue leyendo hasta la página veintiocho. Dobla la esquina superior de la hoja y apaga la luz.
Se siente cansada, aunque algo repuesta: la comida, el cigarro y la lectura le han devuelto el espacio para sí misma que la oficina le regateó todo el día. Los ojos permanecen inútilmente abiertos en la penumbra. Se queda pensando en cómo sonará en portugués el cuento de João Guimarães Rosa. Recuerda a Pessoa, a unos poemas sobre la infancia. Piensa que su vida en casa es una continuación de su niñez. Recuerda que siempre para dormir era necesario que su madre le leyera un cuento; que cuando se portaba mal el castigo era no leerle al anochecer. Es raro que tenga ese recuerdo, piensa, porque ella casi nunca se portó mal. Su vida, vista desde fuera, era la perfecta monotonía. Para todos leer después del cansancio que deja el trabajo es un sinsentido, para ella leer era un momento creador de un espacio de intimidad, cuya potencia pocos conocen.
Se arrepiente para de inmediato conformarse de vivir a sus treinta y pocos años con la madre. Sucede que nadie nota que algo de rebeldía hay en ella en esa noche, como en otras tantas. Se identifica con los personajes literarios, vive en ellos las decisiones y las empresas que no logra llevar a la acción. Sin embargo, su actuar está en los mundos literarios en los que entra y sale sin complicación. Ana cumple esa cuota de rebelión personal leyendo. Si su vida parece roma y repetitiva, pero para Ana las reiteraciones y las continuidades no son propiamente conflictivas, acaso porque es acción lo que halla en el mundo literario que teje cada noche, es una suerte de Sísifo contento y agradecido. Sólo el cansancio la hace vacilar, pero bien pronto regresa segura a su vida. De allí que mejor prende la lámpara y sigue de frente hasta el final del relato brasileño. Se duerme feliz, porque ha vivido una conversión radical e inversamente proporcional, a la de Augusto Matraga. Para Ana la lectura es también la vida. Así fue la escritura para el lector infrarrealista por excelencia. Roberto Bolaño colmó el deseo de ser detective de homicidios, “un tira que vuelve solo de noche a la escena del crimen y no se asusta de los fantasmas”, pero que agotó ese afán como lector y escritor, que vivió el peligro de las indagatorias detectivescas sin las inconveniencias del oficio policial. Así Ana es una suerte de lectora salvaje, que vive feliz e intensa, merced a los zapatos fictivos de los otros. Una vida que, vista desde dentro de la propia Ana, es suficiente para trascender, para ser más, para expandirse, con la clara ventaja de no tener que enfrentar las vicisitudes de la vida de carne y hueso. Una renuncia propia, incomprensible y no por ello desafortunada de las experiencias reales. Será asuntos de los psicoanalistas dar nombre a esa opción de vida en el entramado de las tipologías de la anomía. Ella está lista para regresar mañana al trabajo, volver a casa, cenar y contestar a la madre que está bien, que ya se va a dormir.
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