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Woman on
the road with her luggage, Baudot Christoph
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Me he ido. Sé que debí decírtelo en persona, pero
estoy segura que esta nota no será un agravio. La palabra escrita siempre ha
estado entre nosotros como los durmientes a los rieles. Si las letras nos han
unido en esta vida, sean las letras un buen finiquito para nuestros días. Trataré que sea una nota
contrastante con mi propia vida: sutil y apacible. Enumerar las razones
concretas para marcharme sería un despropósito que no voy a honrar, menos
tratándose de ti, para quien lo concreto carece de valor. Me limitaré a dejar
esta parrafada para que puedas conservarla como un último gesto caligráfico que
encierre en el reposo de la tinta el amor que te tengo.
Me
debato entre pensar que leerás esté papelito con todas las dificultades que
deja el temblor en las manos o con la seguridad de alcanzar un día que estuvo
siempre acechando. En ambos casos, sé que está descartado el caso de las
lágrimas escurriendo por las mejillas, porque te conozco tan bien como tú a mí,
no en balde me has hecho a tu imagen y semejanza, como un dios poderoso y
perverso que reproduce sus deformidades con la cultivada acuciosidad con la que
se fragua una gárgola.
Me
gustaría marcharme en un Cadillac 1945, pero ya sabes que soy torpe para
conducir y tan desconfiada para dejarme llevar por otros. Sobra decirlo: voy a
cumplir con el destino que diseñaste para mí. La única opción que había está
despejada. Era quedarme a leer tu biblioteca entera o marcharme en el exacto rumbo
que está definido en el curso de la novela que has escrito encima de mí propia
vida. Acaso allí esté mi único reproche: que tú hayas siempre vivido conforme
al verso de Rimbaud, según el cual tu vida es una ópera fabulosa, y que a mí me
hayas confinado a un género como la novela.
Sé
que te sería fácil ir tras de mí y encontrarme. Te lo repito, no soy sólo tu
hija, soy tu obra, la pieza preciada en la que no has enmendado tus faltas ni
has adosado tus limitaciones. Pese a ello creo que no carezco de tus miedos ni
me sobran tus certezas. No sé a donde tengo que ir, sólo que debo irme, porque
estoy contagiada de las ganas de transitar, de seguir las intermitencias y las
continuidades de la línea que demarca los carriles carreteros. Pusiste tantos
libros a mi paso y yo entendí que todos ellos están hechos de la misma
sustancia, ese poderoso elemento que sólo sirve para transportase y dejarse
llevar, el libro como la balsa que una vez desatada va a surcar aguas unas
veces mansas y otras veces furibundas. Es como si todos mis recuerdos se
coronaran en la visión clara de que debo andar caminos para hallar nuevas
narrativas. Y es fácil explicar ese impulso por la travesía trasladando la
responsabilidad a ti, dejándome creer que has hecho todo esto para hacerme viajar,
ya no sólo de manera literaria sino experiencial, pues me asumo como un texto
que debe continuarse a pliegos que ya no caben en este estante.
Confío
en que volverás a encontrarme. Voy a escribir toda la experiencia interior que
suscite este viaje interminable. Si tengo la suerte de Sal Paradise, el rollo
se publicará y allí volverás a verme: en la justa cúspide de la solapa de ese
ejemplar que reproduzca el libro que vas a escribir de mi puño y letra.
Te
ama
Inés

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