enero 20, 2012

El camino de la lectura


Woman on the road with her luggage, Baudot Christoph

Me he ido. Sé que debí decírtelo en persona, pero estoy segura que esta nota no será un agravio. La palabra escrita siempre ha estado entre nosotros como los durmientes a los rieles. Si las letras nos han unido en esta vida, sean las letras un buen finiquito para  nuestros días. Trataré que sea una nota contrastante con mi propia vida: sutil y apacible. Enumerar las razones concretas para marcharme sería un despropósito que no voy a honrar, menos tratándose de ti, para quien lo concreto carece de valor. Me limitaré a dejar esta parrafada para que puedas conservarla como un último gesto caligráfico que encierre en el reposo de la tinta el amor que te tengo.


            Me debato entre pensar que leerás esté papelito con todas las dificultades que deja el temblor en las manos o con la seguridad de alcanzar un día que estuvo siempre acechando. En ambos casos, sé que está descartado el caso de las lágrimas escurriendo por las mejillas, porque te conozco tan bien como tú a mí, no en balde me has hecho a tu imagen y semejanza, como un dios poderoso y perverso que reproduce sus deformidades con la cultivada acuciosidad con la que se fragua una gárgola.

            Me gustaría marcharme en un Cadillac 1945, pero ya sabes que soy torpe para conducir y tan desconfiada para dejarme llevar por otros. Sobra decirlo: voy a cumplir con el destino que diseñaste para mí. La única opción que había está despejada. Era quedarme a leer tu biblioteca entera o marcharme en el exacto rumbo que está definido en el curso de la novela que has escrito encima de mí propia vida. Acaso allí esté mi único reproche: que tú hayas siempre vivido conforme al verso de Rimbaud, según el cual tu vida es una ópera fabulosa, y que a mí me hayas confinado a un género como la novela.

            Sé que te sería fácil ir tras de mí y encontrarme. Te lo repito, no soy sólo tu hija, soy tu obra, la pieza preciada en la que no has enmendado tus faltas ni has adosado tus limitaciones. Pese a ello creo que no carezco de tus miedos ni me sobran tus certezas. No sé a donde tengo que ir, sólo que debo irme, porque estoy contagiada de las ganas de transitar, de seguir las intermitencias y las continuidades de la línea que demarca los carriles carreteros. Pusiste tantos libros a mi paso y yo entendí que todos ellos están hechos de la misma sustancia, ese poderoso elemento que sólo sirve para transportase y dejarse llevar, el libro como la balsa que una vez desatada va a surcar aguas unas veces mansas y otras veces furibundas. Es como si todos mis recuerdos se coronaran en la visión clara de que debo andar caminos para hallar nuevas narrativas. Y es fácil explicar ese impulso por la travesía trasladando la responsabilidad a ti, dejándome creer que has hecho todo esto para hacerme viajar, ya no sólo de manera literaria sino experiencial, pues me asumo como un texto que debe continuarse a pliegos que ya no caben en este estante.

            Confío en que volverás a encontrarme. Voy a escribir toda la experiencia interior que suscite este viaje interminable. Si tengo la suerte de Sal Paradise, el rollo se publicará y allí volverás a verme: en la justa cúspide de la solapa de ese ejemplar que reproduzca el libro que vas a escribir de mi puño y letra.

            Te ama

            Inés

No hay comentarios:

Publicar un comentario